Primera novela · 2026
Una historia me fue entregada con una condición: que no la contara. Se lo prometí. Rompí la promesa. Eso es lo primero que hay que saber.
Aire reconstruye catorce días en un apartamento de Montevideo a través de cartas, correos electrónicos, un expediente policial y una grabación donde una voz de hombre se quiebra exactamente donde debería sostenerse. Es una historia sobre lo que se dice y lo que se calla, sobre los hijos que no eligieron estar adentro de una historia y sin embargo terminaron ahí, y sobre una bibliotecaria que decidió que algunas promesas merecen romperse.
Marco es oncólogo pediatra. Eugenia es la mujer que amanece en su cama. Lo que pasó entre ellos durante esos catorce días lo reconstruí con todo lo que tuve: las cartas, los mails, los silencios entre las palabras y lo que la gente no dijo cuando pudo haberlo dicho. Puede que me haya equivocado. Puede que haya completado los huecos con lo que yo quería que hubiera pasado, que es el vicio secreto de toda bibliotecaria.
Siempre dos: el que se hunde y el que observa cómo se hunde. Cura niños que no puede curar y ama a una mujer que no puede retener.
Ojos aciano, piel tostada, directa como un ser sin censura. Amanece en la cama de Marco y desordena su mundo con la precisión de quien sabe exactamente lo que hace.
Mirada de acero, pocas palabras. Carga un secreto que pesa más que todos los expedientes de su carrera. Hay cosas que un médico ve y nunca puede olvidar.
Treinta años de calle. Obeso, imponente, más astuto de lo que aparenta. No pudo terminar de contar una parte de esta historia sin mirarle el fondo al vaso.
Llevo cuarenta años siendo bibliotecaria. Lo que aprendí en ese tiempo es que las historias que se guardan no desaparecen, se pudren. Y las historias que se pudren huelen. Y el olor termina por llenar la casa y después la calle y después algo más grande que la calle, y a esa altura ya nadie recuerda que en algún momento alguien eligió no contarlas.
— D. Letizia Rómboli, Punta del Diablo, marzo de 2026
Motas de polvo, hadas minúsculas de cuento infantil, revolotean su luminosidad súbita al encontrar los primeros rayos del sol matutino que se cuelan por uno de los grandes ventanales del apartamento. La superficie plata del río, calma inusual a esta hora temprana, hace justicia al nombre de lo que más tarde en el día se convierte en un curso más marrón y pedestre, más uruguayo, más cansino, menos mágico.
— Marco, la mañana que inventamos